lunes, 16 de agosto de 2010

Escondiéndome

De pronto no pude más. Dejé las cosas a un lado y seguí. Quería despejarme, sentir que podía soportarme a mi mismo. Y eso hice. Casi como si me escondiera de algo, a la vez que me descubría.

Aunque fuera por 40 minutos.

Caminé en dirección a la Iglesia más cercana. No es por un tema en especial, más que nada es porque es el lugar en donde mejor puedes encontrarte con el silencio de tu soledad. Allí estarás en paz. Y allí llegué. antigua, imponente, enorme. Me estaba esperando.

Me senté y maldecí mi suerte que no estaba de mi lado y la angustia que no me dejaba en paz. Como un ser dependiente de otros, apagué el celular, como si con eso lograra la atención que tanto necesitaba en ese momento. Tampoco fue así, no hubieron llamadas perdidas.

Luego de estar ahí cuanto rato mi alma soportó, me dirigí de nuevo hacia donde me encontraba, sabía que no podía seguir escapando a tu mirada de odio, de desprecio, de lástima... debía volver. Lo hice lento, demasiado lento, tanto que no supe cómo llegué a tiempo, de ahí, los recuerdos se me difuminan...

Es que a veces el dolor es tan grande que te hace olvidar cosas. Como cuando me desaparecí y tú jamás lo supiste ni te importo.

Tal como ahora.

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